Olaf Cramme y Elena Jurado
Es difícil evaluar en la presente coyuntura las consecuencias de la actual crisis financiera global, tanto en relación con nuestras economías, como en consideración a dinámicas políticas más amplias. Sin embargo, se pueden distinguir tres fenómenos a este respecto. En primer lugar, la crisis demuestra la cruda realidad de la interdependencia global en el siglo XXI. La idea de que el crecimiento económico –particularmente en los mercados emergentes – ha estado “desacoplado” de la economía americana se ha demostrado equivocada. La realidad es que ningún país ha quedado inmune de la crisis en un sistema financiero tan global y tan inadecuadamente regulado.
En segundo lugar, la crisis ha mostrado la fragilidad del proceso de globalización. La creciente escasez de crédito está precipitando un descenso dramático en el comercio internacional, con efectos importantes sobre la economía de los grandes países exportadores, principalmente China, Alemania y Japón. Con el deseo de evitar operaciones demasiado arriesgadas con los mercados emergentes, los bancos se limitan hoy a invertir en sus propias economías. Las políticas de rescate de industrias europeas y norte-americanas amenazan al progreso alcanzado durante las últimas décadas en la liberalización del comercio internacional. En efecto, ya se está hablando del comienzo de un proceso de des-globalización.
En tercer lugar, la fe neo-liberal en el “laissez-faire” como principio y guía de la organización de los mercados se ha visto fuertemente sacudida. La crisis ha evidenciado los límites de la liberalización de los mercados. Los mercados por si mismos no pueden asegurar el interés público. En modo similar a los radicales cambios ideológicos de finales de los años 70, actualmente estamos siendo testigos de la demolición de los cimientos políticos del neoliberalismo y del fin de su hegemonía intelectual en occidente.
Estos fenómenos tienen importantes implicaciones para el proyecto político progresista. Ante todo obligan a los gobiernos y a los políticos progresistas a reconstruir un orden financiero y económico internacional en un momento en el que la tendencia política es mirar hacia dentro y buscar solo soluciones nacionales.
Es destacable que tanto los países en vías de desarrollo como los desarrollados se enfrentan a este mismo desafío. La globalización tiene que seguir siendo el marco fundamental para la política progresista pues de lo contrario podríamos ver amenazados los avances conseguidos hasta el presente, incluyendo la creación de índices de riqueza sin precedentes, que han permitido que millones de personas de todo el mundo puedan superar la pobreza. Al mismo tiempo y enfrentados a un declive de la fe en el mercado sin regulación, los progresistas han de llenar el vacío ideológico con urgencia, pues si no es así existe el riesgo de serlo hecho por los políticos populistas.
Pero distintas sociedades interpretan “el fin de la hegemonía neo-liberal” de manera distinta, dependiendo de las ideas y experiencias de mercado preexistentes que tiene cada una de ellas. Esto tiene como resultado perspectivas muy distintas respecto a las reformas necesarias a hacer, incluyendo la viabilidad y el impacto de los planes de estímulo, los beneficios y los límites de un incremento de la regulación financiera internacional, y las políticas dirigidas a corregir los desequilibrios económicos internacionales.
En resumen, los desafíos a los que nos enfrentamos abren una gran oportunidad a las ideas progresistas, aunque a la vez plantean algunos riesgos. Por una parte, el punto fuerte de las políticas socialdemócratas modernas siempre ha sido el reconocer las nuevas realidades que surgen en la sociedad y a la vez ajustarse a ellas. Por otra parte, el “momento progresista” actual requiere una revisión profunda de las ideas políticas de centro izquierda, como reconocimiento no solo de la urgencia y gravedad de la crisis, sino también de la compleja relación que hay entre la búsqueda de la justicia social, la necesidad de dinamismo económico y el desarrollo sostenible en una economía global. Si el centro izquierda no logra presentar una alternativa creíble que realmente sea útil para la mayoría de la población, correrá el riesgo de caer en la irrelevancia política, y a la vez agravar la crisis presente.
El desafío intelectual al que nos enfrentamos por lo tanto abarca dos dimensiones: A nivel internacional, la tarea será establecer un sistema de cooperación, de regulación y de intervención más equitativo y sostenible para atender a las diversas necesidades de los países industrializados, de aquellos que están en vías de desarrollo, y finalmente de los menos desarrollados, así como al desarrollo de una sociedad global expuesta a riesgos comunes. A nivel doméstico, la tarea consistirá en repensar el rol moderno que ha de tener el Estado en la consecución de una economía más estable que combine dinamismo económico y crecimiento con una mejor distribución de la riqueza y de las oportunidades. Enfrentar este desafío requerirá un debate crítico pero con visión de futuro sobre los temas y opciones disponibles para la reforma.Policy Network Handbook Ideas.








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